Todos los días tenemos la posibilidad de empezar de nuevo.
No necesariamente cambiando todo, pero sí en cada decisión, en cada acto, en cada conversación.
Cada vez que alguien nos recomienda para un trabajo, nos está dando una oportunidad.
Cada vez que un cliente nos elige, nos está dando una oportunidad.
Cada vez que alguien confía, aun cuando no tenemos garantías absolutas para ofrecer, nos está dando una oportunidad.
Cada día que comenzamos es una nueva oportunidad.
Decir gracias es importante. Pero para mí eso solo no alcanza.
Me parece que la forma más concreta de agradecer es honrar esa oportunidad.
Honrarla con respeto por el tiempo de uno y del otro, con dedicación por el trabajo asumido, con compromiso y responsabilidad cuando aparecen las dificultades y las cosas no salen como lo teníamos previsto.
Por eso agradecer no es una emoción, no es una palabra, es más bien una conducta sostenida.
Es entender que cada recomendación pone en juego nuestro prestigio y el de quien nos recomendó.
Que cada voto de confianza implica una expectativa.
Que cada nueva posibilidad no es automática, es concedida.
Que también nos damos oportunidades a nosotros mismos cuando decidimos volver a intentarlo, cuando corregimos un error y cuando elegimos actuar distinto.
Porque la gratitud más profunda no se expresa en palabras, se expresa en cómo respondemos a lo que se nos otorga.
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