Una diferencia importante entre responder y reaccionar está en lo que hacemos entre aquello que sucede y nuestra manera de actuar.
Podemos reaccionar de manera casi automática o tomarnos un momento para comprender mejor la situación, considerar sus consecuencias y decidir qué hacer.
Nos puede pasar que ante una situación emergente y casi sin darnos cuenta, nos surja el instinto de la respuesta inmediata.
Muchas veces, esa inmediatez no es respuesta, es reacción.
Responder implica algo distinto, implica tiempo para procesar.
Tomarse un momento para entender qué pasó, qué sentimos respecto a eso, ser empáticos, evaluar qué consecuencias puede tener lo que digamos o hagamos a continuación.
No necesariamente requiere horas o días, a veces alcanza con unos minutos, una pausa, un respiro antes de hablar, antes de escribir, antes de decidir.
Ese pequeño espacio, en mi experiencia personal, lo cambia todo.
Porque cuando reaccionamos solemos amplificar el problema, en cambio cuando respondemos, aparecen otras posibilidades que solo las ofrece la reflexión.
Con la experiencia se empieza a entender algo que al principio cuesta aceptar, y es que muchas decisiones que después lamentamos no fueron malas por falta de inteligencia, fueron malas por falta de pausa.
El tiempo de procesamiento no es pérdida, es parte fundamental del pensamiento.
Es el espacio donde las emociones se reconocen y ordenan, donde el contexto aparece, donde la perspectiva se amplía.
Y en ese pequeño intervalo, entre lo que sucede y lo que hacemos con eso, aparece algo de lo más valioso que todos disponemos; la posibilidad de elegir.
Para incorporarla a esta web revisé algunas precisiones del texto original, sin cambiar su idea.
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