Nací en 1982 y soy parte de la primera camada de millennials.
Crecimos buscando trabajo en los clasificados del diario, marcando avisos con fibrón y haciendo fila para una entrevista presencial.
Televisores de tubo, teléfonos fijos, un mundo analógico que parecía estable y muy normal.
Pero cuando finalizamos el colegio secundario, empezamos la universidad y a trabajar, fue que todo comenzó a cambiar.
Internet se masificaba y la conversación sobre el futuro pasaba por páginas web, banners y presencia digital.
Después vinieron las redes sociales y volvieron a cambiar las reglas.
Cómo se comunica, cómo se vende, cómo se construyen vínculos.
Y hoy estamos hablando de inteligencia artificial, automatización y modelos predictivos.
En poco más de dos décadas atravesamos cambios que antes llevaban generaciones.
Esa transversalidad no es solo una anécdota generacional, es una forma de ver y sentir la vida.
Aprendimos a adaptarnos, a desaprender y a reconstruirnos más de una vez.
No hubo estabilidad prolongada, solo transición constante y eso nos obligó a volver a empezar una y otra vez, pero sin dejar de avanzar.
El valor no está en haber visto el cambio, está en haberlo atravesado, entendido y aplicado.
No se trata de nostalgia por lo que fue ni de fascinación por lo que vendrá, se trata de entender de dónde venimos, comprender hacia dónde vamos y poder unir un mundo con el otro.
Hoy esas vivencias bien trabajadas, dejan de ser contexto y pasan a ser una ventaja, pasan a ser una oportunidad.
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