Hace un tiempo empecé a darme cuenta de algo que me pasa cada vez que escribo y comparto alguna reflexión.
Muchas veces parto de una experiencia, una conversación o algo que observo en la vida cotidiana o en los negocios, y mientras intento ordenar las ideas para poder transmitirlas, termino encontrándome con cosas que yo mismo necesitaba recordar.
Porque una cosa es entender un concepto, estar de acuerdo con determinada forma de pensar o tener claro cómo deberíamos actuar frente a una situación, y otra bastante distinta es llevarlo a la práctica todos los días.
Nos pasa con la paciencia, con la disciplina, con la forma de relacionarnos, con las decisiones que tomamos y con tantas otras cosas que conocemos perfectamente, pero que por diferentes motivos no siempre hacemos.
Y escribir sobre ellas también me ayuda a tenerlas presentes.
Por eso, cuando comparto una reflexión, muchas veces siento que estoy hablando tanto con quien la lee como conmigo mismo, tratando de ordenar lo que pienso, revisar algunas ideas y recordar aquello que considero importante.
De ahí viene esta expresión que me gusta tanto: «Te lo digo, me lo digo».
También tiene que ver con reconocer que seguimos aprendiendo, que podemos cambiar de opinión y que muchas veces necesitamos volver sobre cuestiones que creíamos tener resueltas.
Con el tiempo, escribir se fue convirtiendo en una forma de compartir experiencias, pero también de detenerme un momento a pensar sobre ellas.
Y si algo de lo que escribo te resulta útil, me alegra mucho.
A mí, por lo pronto, ya me sirvió para recordármelo.
Versión revisada y actualizada de una reflexión publicada originalmente en LinkedIn el 17 de septiembre de 2024.