Durante mucho tiempo se habló de la creatividad como si fuera un don, algo que aparece o no aparece, casi como un rayo que baja del cielo y te ilumina en el momento justo.
Con el tiempo, trabajando en diversos procesos creativos reales, entendí que la ecuación es bastante menos mágica.
La creatividad es, en gran medida, trabajo.
Hay una primera etapa que es divergente, investigar, observar, leer, escuchar, probar, equivocarse, abrir hipótesis, sumar variables. Producto, mercado, contexto, personas, restricciones, posibilidades.
Todo eso que no parece creativo, pero que en realidad lo es.
Después viene la parte convergente, ordenar, descartar, conectar puntos, priorizar, elegir. Volver sobre lo mismo una y otra vez, con paciencia, con método.
Ese es el famoso 99%.
Esfuerzo sostenido, disciplina, permanencia.
Y recién ahí aparece ese 1% que solemos llamar inspiración. No como un acto mágico, sino como una revelación.
La idea aparece caminando, durmiendo, duchándose, haciendo otra cosa. No porque estemos relajados, sino porque la cabeza sigue trabajando con todo lo que ya se cargó antes.
La revelación no nace de la nada, es la síntesis de lo acumulado, por eso muchas ideas parecen repentinas, pero no lo son. Son el resultado de horas o días de trabajo silencioso, de sostener un sistema incluso cuando no hay resultados inmediatos.
La creatividad no es esperar el momento. Es construir las condiciones para que, cuando aparezca, tenga de dónde surgir.
No fue inspiración. Fue proceso.
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