Hay una idea que vuelve una y otra vez cuando observo cómo evolucionan los negocios, los equipos y las personas: el futuro cercano no nos va a encontrar haciendo solo aquello en lo que ya somos buenos.
Una parte de nuestro tiempo, en mayor o menor medida, estará dedicada a profundizar lo que ya sabemos hacer: especializarnos, perfeccionar procesos, mejorar resultados, volvernos cada vez más precisos en lo que dominamos.
Pero la otra parte nos va a encontrar en un lugar muy distinto: haciendo cosas que no sabemos hacer, enfrentando problemas nuevos, aprendiendo habilidades que no teníamos, recorriendo terrenos que nunca transitamos.
Y ahí aparece un desafío que va más allá de lo técnico o lo profesional. Porque no se trata solo de incorporar conocimientos, metodologías o herramientas, sino de cómo nos posicionamos frente a lo desconocido, cómo gestionamos la incertidumbre y cómo nos transformamos en el proceso.
Ese aprendizaje no ocurre en abstracto: ocurre en la interacción con otros, en la forma en que trabajamos en equipo, en cómo escuchamos, en cómo damos y recibimos feedback, en cómo revisamos nuestras certezas cuando dejan de explicar la realidad.
Lo nuevo no solo nos exige capacidades distintas; nos exige también otra relación con nosotros mismos. Más flexible, más consciente, más dispuesta a cuestionar lo que hasta ayer parecía suficiente.
Porque crecer no es solo dominar una disciplina, sino aprender a habitar mejor la incertidumbre, a convivir con lo distinto y a revisarnos cuando nuestras propias respuestas ya no alcanzan.
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